Me despierto con la noticia de que Samanta Villar consiguió anoche en Cuatro su record de audiencia en “21 días en el mundo del porno” y me da pena pensar que una vez más se ha mostrado, según pude comprobar, el lado más cutre, monotemático y bochornoso de la industria adulta.
Jugando deliberadamente en la promo con la posibilidad de que protagonizase una escena, me encuentro en cambio con una reportera entre alucinada y burlona.
Samanta Villar ha estado otras veces más cerca del periodismo gonzo, como cuando bajó a las minas bolivianas. Ahí sí que fue feroz con su crítica. Pero lo de anoche en Cuatro fue una vez más un acercamiento pachanguero y superficial al cutrerío que impera en los rodajes. La única voz crítica de Samanta era para decir “¡qué bestia!” o “al fin y al cabo la gente no se sorprende tanto viendo a otros chingar al aire libre”. Que una buena parte del reportaje se le haya dedicado a un personaje como Torbe, que se victimice a las actrices y que se obvie la posibilidad de que hay otras opciones y otra manera de hacer las cosas, dejó bien retratado el resultado de este programa de Cuatro.
“Esto a mi no me pone, qué quieras que te diga”, decía Samanta todo el tiempo. Entonces, ¿por qué no se preocupó de aparcar los tópicos para hacer un reportaje más serio y buscar otro punto de vista lejos de lo que todos ya sabemos? ¿Era la escena final dirigida por ella y repitiendo los patrones cutresexistas que le habían enseñado en esos 21 días realmente lo que le ponía?

